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Hambre por estrés



Es un dato de hecho: casi ninguno de nosotros come tan sólo para satisfacer el “hambre biológico”. Pero si coméis demasiado y muy deprisa, es probable que se trate de estrés, aburrimiento, rabia o frustración, derivadas a menudo y cómo no, al  ritmo de trabajo y la vida demasiado rápida y absorbente.

El hambre por estrés es un comportamiento típicamente femenino: una necesidad de tomar alimentos de manera descontrolada, independientemente de la sensación de hambre y de la saciedad. Por decirlo de alguna manera: mezclar emociones y comida, y usar esta última para afrontar las emociones.

Debido al hambre por estrés, llamada también “eating emocional”, se come rápidamente, a menudo pasando del dulce al salado, fuera de las comidas naturalmente, y sin tener conocimiento de lo que se come, de las cantidades, ni de la sensación de hambre y de saciedad, que regulan el principio y el final de una comida.
Una forma de hacerse daño, causado por las reacciones del organismo ante situaciones vividas de manera muy estresante. Las reacciones principales ante sentimientos de este tipo pasan de la inapetencia en los individuos altamente adrenalínicos –para los que el estrés causa adelgazamiento, incluso extremo – al exceso de hambre en los individuos cortisónicos, tendentes a engordar. 

Los azúcares simples y complejos son los principales responsables de las sensaciones de saciedad por lo que privarse de éstos conlleva al mal humor y a la necesidad de dulces. Para evitar que la situación se agrave, es por tanto necesario remontarse a las causas, evitando imponerse regímenes restrictivos que nunca se cumplirán, y causarían después estrés ante el fracaso.

Separar la relación entre emociones y comida: este es el único método para ignorar el hambre por estrés, evitando las dietas impuestas por uno mismo, y restableciendo un adecuado equilibrio alimenticio. En los casos más drásticos es mejor dirigirse a un centro especializado en el tratamiento de los trastornos alimenticios.

La dieta para este tipo de hambre debe de ser la adecuada: debe considerar la trasgresión que lleva a desear en menor medida la comida, controlando el mecanismo que acciona el hambre “inexistente”. Obviamente, el tratamiento de la trasgresión es fundamental para recuperar el control, y evitar recaer en los errores del hambre nerviosa.

Febrero 2002



 



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