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La piel al sol
La piel representa una verdadera y auténtica frontera entre nuestro cuerpo y el medio externo. Con este último interactúa como barrera y como medio de comunicación. Estas dos funciones están implicadas cuando nos exponemos al sol: los queratinoides (que conforman la capa más superficial de la piel) se multiplican con el contacto de los rayos de sol para dar más espesor a la epidermis y hacerla más resistente a la luz; al mismo tiempo los melanocitos (que se encuentran en la base de la epidermis) aumentan la producción de melanina, es decir, del pigmento que tiene la función de absorber la irradiación solar y crear así una barrera protectora que hace posible el bronceado. No se deben dejar a un lado daños que una exposición solar sin protección puede ocasionar a la piel.
Los efectos más inmediatos son eccemas y quemaduras, pero el mayor riesgo son la formación de tumores cutáneos a largo plazo como consecuencia de los rayos ultravioleta A y B. Por tanto, resulta indispensable el uso de cremas solares con el factor de protección adecuado al propio tipo de piel .
Según el tipo de color natural de la piel y de la capacidad para broncearse, se pueden distinguir tres tipologías distintas:
Clara -Es un tipo de piel que produce poca melanina y que se quema con facilidad. Durante los primeros días de exposición es aconsejable la protección total o un factor de protección muy alto, de 20 a 45, a reducir progresivamente a 12-25 en los días sucesivos.
Media - Quien tiene este tipo de piel se broncea con bastante facilidad y se quema sólo con exposiciones exageradas. Durante los primeros días es recomendable utilizar un factor de protección medio-alto, de 12 a 25, para después reducirlo a 6-12 cuando la piel se ha acostumbrado.
Oscura - A pesar de su tendencia a broncearse mucho y rápidamente es importante utilizar durante las primeras exposiciones una protección media de 8 a 12 para después reducir de 6- 8.
Junio 2002










