La tradición es islámica –hecha de baños de vapor, incienso y aceites perfumados, aromas preciados- y es también la de la antigua Grecia y la de la antigua Roma.
El baño público en las ciudades islámicas ha siempre sido un alarde, un sinónimo de alta cultura y prestigio, además es un lugar de purificación. Sin duda que fuera visto con sospecha por los religiosos más rígidos: los hammam siempre han sido lugares de socialización, ocasiones para charlar, además de campos de encuentros clandestinos amorosos. Por otra parte, también en las novelas de “Las Mil y Una Noche” ir al hammam suponía un marco amoroso, puede que por los desnudos mostrados y por la nublada atmósfera, por la mente y el cuerpo...pensemos que en muchos Países Árabes ir al hammam significa “hacer el amor”.
Hoy el escenario del baño turco ha cambiado, llegando a ser internacional: el hammam se está difundiendo con grandes conformidades en todo el mundo, donde en varias ciudades han nacido lugares que hacen del vapor un momento de pausa y de relax. No se trata ciertamente de baños públicos, pero sí de lugares donde se va de todas formas para relajarse, para dejarse mimar por el calor y por los perfúmenes emanados y por los aceites esenciales.
El baño turco se caracteriza, a diferencia de la sauna, por el clima “cálido-húmedo: la temperatura en las habitaciones oscila entre los 45 a los 60 grados, temperatura muy elevada, que provoca una sudación intensa. Como resultado, la piel se purifica a fondo, sobre todo si durante el baño se aprovecha para hacer unos peeling exfoliantes con arcilla o almendras dulces, o si se hacen masajes con óleos perfumados. Para la nariz y la garganta hay una especie de aerosol, y para los dolores reumáticos el calor es un verdadero panacea. En la tradición, el baño turco debe siempre terminar con duchas de agua echadas con unos cubos, para eliminar los residuos de las impurezas.
Mayo 2002
Baños de vapor