Los principales peligros que amenazan la integridad de la piel, además del sol, son la pérdida de agua y de grasa.
La mejor manera de prevenir la deshidratación es hacer un uso abundante de las cremas hidratantes durante todo el año, no sólo en la cara sino en todas las partes del cuerpo que se exponen con mayor frecuencia y que generalmente no están lo suficientemente protegidas, como las manos y la garganta. Las manos necesitan la máxima protección porque son muy sensibles a los agentes atmosféricos y a las inmersiones en agua.
La humedad se recupera siempre; por el contrario, la piel se vuelve seca, rugosa, pierde elasticidad y comienza a pelarse, permitiendo a las bacterias traspasarla inflamándola.
Otra causa de deshidratación, aunque resulte paradójica, es una larga permanencia del cuerpo en el agua, porque el agua presente en el interior de la piel sale a través de la membrana protectora de la epidermis, en un intento de proteger la acción del agua que rodea al cuerpo. Cuanto más fuerte es la concentración de sales y minerales en el agua, más se deshidrata la piel, por esta razón, el agua dura es especialmente deshidratante.
Una hidratante no puede devolver la humedad a la piel por mucho tiempo, porque le resulta imposible penetrar en las capas de la epidermis. Al mismo tiempo, un buen hidratante puede frenar el nivel de deshidratación.
La pérdida de grasa, sin embargo, es causada por todos aquellos productos que pueden eliminarla, como los jabones y los detergentes que eliminan las grasas. Transportar la grasa implica alterar la acidez de la piel (el PH), volviéndola así más vulnerable. Algunos trucos: utilizad un jabón neutro o un gel específico para la cara; entre los productos en los que se señala el PH, elegid aquellos que tengan valores inferiores o iguales al 5; para el baño, es mejor evitar los productos espumosos, dando preferencia a un aceite especial.
Febrero 2002